El poder de las historias


La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a una función del Teatro Negro de Praga. Este conjunto checo, fundado en 1961, basa sus actuaciones en la técnica de la “caja negra”: unos actores vestidos de negro se mimetizan con el fondo y mueven objetos convenientemente iluminados.

La obra presentada, “La bicicleta voladora” narra la historia de un joven inventor que queda tan fascinado por las alas de los pájaros que olvida que la manera más hermosa de elevarse es a través del amor, y que descubrirá que sólo a través de dicho sentimiento podrá superar a la ley de gravedad. El espectáculo fue fascinante por los efectos visuales y por un guión impecable, que apelaba a nuestra fantasía y sentimientos. A continuación, un resumen de lo que vimos.

Esta fue la segunda obra de teatro negro a la que asistí. La anterior era muy distinta. No estaba ambientada en una época determinada, era más interactiva (lanzaban una pelota inflable al público) y la musicalización era más electrónica. Pero la diferencia fundamental con “La bicicleta…” era la ausencia de una historia, de un hilo conductor de lo que parecía una sucesión de actos desvinculados. Al salir, todos teníamos una interpretación diferente de lo que habíamos visto. No es que la ambigüedad no sea un recurso artístico válido, no me malinterpreten. Lo que ocurrió fue que, sencillamente, un espectáculo técnicamente irreprochable no logró conmovernos porque no tenía una historia que contar –o no la entendimos.

Los datos son insuficientes

Durante siglos, la información fue un bien valioso, difícil de hallar y muy bien paga. En la actualidad, las cosas son diferentes. Nunca se editaron tantos libros como en nuestros días y la información está a pocos clics de distancia. De hecho, es tan accesible que hoy el problema es seleccionar la información relevante. Google, por ejemplo, puede brindarnos montañas de datos pero ¿qué significan? ¿por qué son relevantes y cómo nos afectan? Picasso, hace unos años lo expresó con claridad meridiana.

En efecto, la máquina en la que escribo esto tiene funciones de accesibilidad de lectura automática de pantalla. Uno podría configurarla para que lea diapositivas a una audiencia, pero esto no es suficiente ni deseable. Lo que queremos de un presentador es que nos brinde lo que los datos no ofrecen por sí solos: contexto y significado. Y además queremos que lo haga de manera emotiva y memorable.

Sería una enorme satisfacción si este concepto fuera mío, pero no lo es. De hecho, ni siquiera es contemporáneo: fue expresado hace más de 2.300 años por Aristóteles. Según él, para que un discurso sea persuasivo debe equilibrar tres aspectos: el ethos (vinculado a la credibilidad del orador), el logos (los datos y la lógica aportados) y el pathos (la dimensión emocional).

Entonces, presentar sólo los datos de manera creíble no alcanza. Necesitamos que un presentador nos transmita su pasión, alegría, preocupación o lo que sea que sienta por el tema que expone. Y acá es donde la historia tiene lugar. La información y la emoción situadas en un contexto son los componentes fundamentales de una buena historia. La humanidad ha empleado las historias desde nuestro pasado evolutivo más lejano para enseñar y transmitir conceptos. Los profetas de las mayores religiones del mundo nos hablaron con analogías, parábolas o metáforas. ¿Por qué no aprovechar este recurso que tenemos tan incorporado? Que se entienda, no hablo de contar cuentos irrelevantes o de ficción. Hablo de contar la historia de nuestros datos para darle un marco humano, no maquinal o mecánico, que enseñe, inspire y conmueva a otros seres humanos.

En resumen, las historias son poderosas herramientas para mantener el interés del público. Cada persona tiene su propio estilo narrativo. Quizás sea intimista, tal vez gracioso. Podrá adoptar distintas formas, pero sin dudas está en nosotros. Vean cómo lo hacen estos grandes presentadores (el primero en español, los otros subtitulados).

Sugerencia: si los subtítulos no sincronizan bien, vean las charlas en su sitio original.

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14 respuestas a El poder de las historias

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