Presentaciones pegadizas que cuentan historias


En muchas presentaciones el mensaje suele ser demasiado abstracto, impreciso. Y esto es más patente cuando se presentan muchos datos. A menudo, estas presentaciones terminan siendo un listado de conceptos y conclusiones importantes, pero que carecen de algo fundamental: significado y contexto. Como supo observar con notable lucidez el filósofo Aristóteles, los datos y la lógica (logos) son insuficientes para persuadir.

En este contexto, las historias nos pueden ayudar a superar esa insuficiencia. Las historias, incluso las aburridas, atrapan nuestra atención y son más fáciles de recordar que un listado de hechos. ¿Por qué ocurrirá esto?

El simulador mental

Resulta que las investigaciones demuestran que las historias estimulan nuestra imaginación. Cuando las escuchamos, nuestros cerebros realizan simulaciones mentales que además tienen respuestas físicas. Quien bebe agua pero piensa que es limonada saliva más. Y sorprendentemente, quien bebe limonada pensando que es agua saliva menos. Incluso los deportistas mejoran cuando imaginan sus movimientos antes de ejecutarlos. Los hermanos Heath opinan al respecto:

“La correcta clase de historias es, efectivamente, una simulación. Las historias son como simuladores de vuelo para el cerebro.”

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Las historias hacen que veamos el mundo a través de los ojos del protagonista de las mismas. Ese entendimiento nos motiva o inspira una reacción. Piensen por ejemplo en Michael Moore. En su obra Sicko, no ennumera los problemas del sistema de salud sino que ilustra su punto con historias de individuos, como la del carpintero que perdió dos dedos y que tuvo que elegir cuál le iban a reimplantar, ya que no podía pagar una cirugía por ambos. Las historias, a diferencia de las listas de viñetas, no dejan mucho lugar a la indiferencia.

Historias poderosas

Una idea verosímil hace que la gente crea. Una idea emotiva hace que la gente se preocupe. En este sentido, una buena historia hace que la gente actúe y es uno de los mejores remedios para la Maldición del Conocimiento. Por eso las señales como Encuentro, Discovery o History Channel resultan entretenidas. Sus programas no nos arrojan datos y fechas a la cara. En vez de eso, nos relatan historias que nos ayudan a entender y recordar. ¿Por qué no aplicar este principio en nuestras presentaciones para que se parezcan más a documentales que a documentos?

El único truco consiste en elegir una historia simple y que ilustre nuestro mensaje. Es también un buen recurso para que el presentador rompa el hielo, disminuya su inseguridad y genere empatía. Pero no se trata de contar cualquier anécdota, ser gracioso o relatar algo grandioso. Para que sea efectiva, la historia tiene que ser pertinente.

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