La estrella de la presentación


Hace poco una amiga me comentó que estaba cursando un ciclo de actualización docente, y que en el módulo referido a las exposiciones me citaron para ilustrar cierto punto. Se trataba de un fragmento de una entrada antigua, de hace casi cinco años, que apuntaba a que los presentadores debíamos preocuparnos más por clarificar nuestro mensaje y menos por los efectos del software de diapositivas. Este último es sólo una herramienta al servicio de una comunicación efectiva y si la audiencia recuerda más un efecto que el mensaje, la presentación ha fracasado. La cita en cuestión es la siguiente:

“Es importante señalar que la presentación son ustedes; la audiencia asiste para atenderlos a ustedes, no para ver sus diapositivas. La estrella de la presentación es el presentador y su mensaje. Si los asistentes recuerdan fundamentalmente unos efectos deslumbrantes, el presentador fracasó.”

Mi intención era destacar el rol secundario de los programas, que deben servir a un objetivo fundamental: clarificar el mensaje y facilitar su recuerdo. Si las animaciones y efectos asumen demasiado protagonismo, la comunicación sufre.

El slideware es una herramienta

Creo que el concepto general sigue vigente (basta ver los prezis habituales) aunque en dicha cita he tenido una expresión poco feliz. En realidad, la estrella de la presentación no es el presentador sino su audiencia. En mi entusiasmo por señalar el carácter secundario de la herramienta respecto del presentador y su mensaje, destaqué demasiado el protagonismo del ponente.

Me parece importante corregir mi expresión  porque no es una cuestión menor. Es cierto que las personas acuden a escuchar al presentador y que es su exposición, pero ¿qué sería de esa ponencia sin una audiencia? Cuando el presentador se cree la estrella, su exposición se desnaturaliza. En vez de contemplar las necesidades de los asistentes el presentador atiende sus propios intereses. Y éste es el origen de muchos miedos: al bloqueo, al olvido de conceptos importantes, a no ser convincentes, etc.

Cuando se adopta esta posición algo egoísta las presentaciones suelen ser aburridas y desconectadas. Por el contrario, al concentrarse en las expectativas de los asistentes y en cómo cubrirlas de la mejor manera, el presentador puede relajarse y enfocarse en la verdadera estrella de su presentación: su audiencia.

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